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Además de su bello paisaje, o mejor dicho, enmarcado en él, Catamarca guarda el tesoro de un acervo material inconmensurable. Hilos que se tensan y entrecruzan desde tiempos prehispánicos revelando su historia, pero también el futuro que quieren para sí, ligado a oficios de enorme valor que se están perdiendo. Tesoros humanos vivos al decir de la Unesco. En la ‘fortaleza de la ladera’, lo que significa Catamarca en quechua.

Así, la producción textil es la principal artesanía que se practica en la provincia, capital del Poncho, heredada de generación en generación en las que se mezclan las tradiciones indígenas con las españolas, siguiendo técnicas antiquísimas para elaborar todo tipo de tejidos en lana de oveja, llama, alpaca y vicuña.

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Por la Ruta del telar, proyecto que integra una red de talleres familiares artesanales, locales de asociaciones, cooperativas y comunidades de pueblos originarios, con el fin de ofrecer al turista su trabajo de primera mano, llegamos a Belén en la región oeste de la provincia, hasta las Arañitas Hilanderas.

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En clave cooperativa de inquietas mujeres con, por ahora, un sólo varón ellas -María Isabel y Angelina Abarza, Paola Arancibia, Inés y Rosalba Aguirre, Nora Arredondo, Teresa Cabrera, Elizabeth Castro, Mónica Karina Chaile, Angela Condori, Irene Esnariaga, Julio Figueroa, Nicol Garay, Clementina Palavecino, María Quintero, Romilda Quiroga, Adriana Sanchez Adriana Urquiza, Patricia Gutierrez, Alicia Villagra y María Rosa Usqueda- desandan su sueño.

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La misma fue conformada buscando una alternativa a la crisis del 2001 como parte de la contraprestación de los planes Jefas y Jefes de hogar. De la mano de Rosa Vega, artesana que al día de hoy lleva la batuta, sobre todo de la innovación en el grupo, y es presidenta de la cooperativa, muchas fueron convocadas para comenzar a aprender el oficio del telar. Así poco a poco, y con esfuerzo, como ellas mismas cuentan, fueron hilando sus sueños como el de la casa propia que hoy ostentan y donde tienen el taller y local de venta donde reciben a contingentes de turistas que por suerte cada vez son más.

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Allí entre mate y mate y la visita al taller, ofrecen algunos de sus prendas más solicitadas como los chales livianos de lana de oveja o llama en color natural o chocolate (las tonalidades más propias de la región) y otros con tintes naturales ideales para las más jóvenes que como cuentan, siempre apuestan al color. Además de sus alfombras, caminos e individuales llenos de color apodados recientemente Jigote, como un plato tradicional de Belén que se hacía en tiempo de cosecha con lo que cada vecino podía aportar, linda metáfora de su modo de ser y trabajar.

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