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Allá donde el cielo se funde con los cerros, un grupo de familias de virtuosos artesanos, custodian un saber hacer muy particular. Acervo material e inmaterial de nuestro país, inspirados en el rico arte de las culturas indígenas e incaicas: telar criollo con motivos de la flora y fauna e iconografía arqueológica.

El camino de los artesanos de El Colte, un paraje a 20 km de la ciudad de Cachi en Salta ubicado en el Alto Valle Calchaquí paralelo a la ruta nacional 40 (al que también se  accede por la ruta 42 desde Seclantas), formado por más de 25 familias –entre ellas los Choque, Gonza, Guayma, Lopez- que rinden culto al telar de generación en generación.

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Más allá del destacado trabajo que ofrecen, lo importante es que abren la intimidad de sus casas de adobe y techo de paja, sus patios y corrales para vivenciar todo el proceso. Así el visitante puede ver desde la esquila de la oveja o llamas, al hilado en pushka (tarea que desarrollan las mujeres con esta herramienta milenaria de madera, porque contrariamente a lo que muchos saben, los que tejen son los hombres), los tintes naturales que obtienen justamente de su otra actividad, la agricultura –ajíes, cebolla, nogales-. Y obviamente el tejido en sus telares criollos construidos con palos y lo que tienen al alcance.

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El tradicional poncho salteño en rojo vibrante con guardas negras está confeccionado por estas manos artesanas. Además de chales, ruanas, mantas, alforjas y fajas de finísima factura.

Con poco o nulo acceso a las redes sociales ya que allí no llega la señal, se aggiornan a los gustos contemporáneos por lo que ven y escuchan de los pocos turistas que pasan. “Veo que ahora las mujeres no gustan tanto de los colores fuertes. Más bien eligen los naturales y disfrutan de ver cómo trabajamos, por eso nos preocupamos por tener bien presentado todo el paso a paso y compartir a su llegada lo que tenemos, a veces puede ser un dulce, nuestras especies o una empanada”, cuenta Noemí Pastrana conocedora del actual y marketinero diseño de experiencias. Si al final todo está en la esencia, no en la tendencia.

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“Nací en el Colte y aprendí a tejer picotes y barracanes desde muy chico. Pero ya de grande tuve que viajar a trabajar a Buenos Aires de lo que hubiese –albañil u obrero en una fábrica-. Fue duro porque nosotros acostumbrados al silencio y amplitud de los cerros sufrimos en las ciudades. Luego mi padre se enfermó y volví a cuidarlo. Desde entonces me gano la vida en el telar con la esperanza también de que esto que amamos no se pierda con nosotros. Es difícil porque la gente no sabe que empleamos de 15 a 20 días en hacer un poncho. Ni lo que nos cuestan hoy los materiales. Por eso nos juntamos y la peleamos entre todos los artesanos porque acá sentimos que no le importamos a nadie. Pedimos que nos mejoren el camino y hasta que en turismo de la ciudad de Cachi le comenten al visitante que además de la oferta de viñedos, estamos los artesanos. Este verano, donamos cada uno un poncho y pudimos comprar las bolsas de materiales para construir un cartel que indique que aquí estamos”,

Dardo Gonza

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“Al borde del abismo. Así nos sentimos a veces. Impotentes de amar tanto lo que hacemos y sentir que a nadie le importamos en esta lucha de salvaguardar lo nuestro. Más cuando a veces llega un turista extranjero y se maravilla con lo que hacemos, nos cuenta que este trabajo ancestral y sustentable es lo que busca el mundo pero acá estamos relegados”. remata. Luchando por otra parte contra el desarraigo y todos los problemas que este genera. No piden mucho, señalética y la mejora del camino. Para lo demás están ellos, a los que les sobra pasión y amor por lo que hacen”,

Ariel Choque

¿El Colte? “No sabemos el significado exacto de la palabra, pero nuestros abuelos nos han dicho que Colte o Coite era el nombre de un cacique que luchaba como nosotros, acá en los cerros, por nuestros valores y legados“,

Eli Gutiérrez