Las máscaras siempre han tenido un propósito, sobre todo dentro del universo del ritual.

Alejados de la civilización, sin acceso a internet y a veces hasta de la ruta, ya que es una región donde en los meses cálidos se anegan los caminos haciendo intransitables, una comunidad originaria poco conocida, los indios Chané, siguen perpetuando un saber hacer ancestral absolutamente original de nuestro territorio, que además tiene como objetivo el respeto por la mujer y la naturaleza.

Así, cuentan hoy los descendientes de los primeros caciques, que la fabricación de máscaras, se hacía previo al carnaval con el fin de exorcizar males y concientizar. Cuando en el monte florece el Taperigua (Cassia carnavalis) entre los meses de enero y febrero, ellos inician la celebración del Arete (la “verdadera fiesta” o “el verdadero tiempo”), que proseguirá hasta que sus flores comiencen a marchitarse (alrededor de 40 días después). En la última jornada del Arete aparecen Yagua (el jaguar) y el toro, que terminarán enfrentados, en medio de un ruedo de enmascarados, en una pelea (mezcla de danza y pantomima) que finaliza cuando el jaguar carga al toro en sus espaldas y preside al grupo alejándose hacia un río en el cual destruirán sus máscaras.

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Desde entonces, continúan haciendo las máscaras, y basta acercarse a la comunidad para que al enterarse de la llegada del visitante, salgan de todas las casas, hombres y mujeres, de distintas edades, a ofrecerlas en los más variados tamaños.

Un saber hacer muy particular, exclusivo de su etnia, que hoy es el sustento de varios artesanos, especializados en figuras de todo tipo animales del lugar como loros, tucanes, búhos, perros, conejos, yaguaretés, lechuzas, serpientes, jaguares, tigres y pumas, que luego de taller, dibujan con una maestría exepcional.

Siempre en madera del palo borracho o ‘Yuchán’ al que denominan samóu, ya que es una madera blanda, del que sacan sólo una parte que les sirve para ahuecar y tintes naturales que obtienen de piedras del río y flores del lugar. Siempre, y aquí otro de sus grandes legados, pidiéndole permiso a la naturaleza, no por asalto, como aclaran.

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“Hace tiempo sufrimos los problemas que acarrea el desmonte que hacen particulares o empresas. Botan todo a su paso, transformando nuestro ecosistema. Nosotros caminamos muchos kilómetros por semana en busca de elegir partes de árboles sin dañarlos y duele mucho ver como en la destrucción que ocasiona el desmonte, se matan otras especies y se destruyen nidos y hogares de todo tipo de animales. Este bebé de lechuza, por ejemplo, cuenta mostrando una máscara, lo hice al descubrirlo en el campo llorando sin su madre. La construí y pinte para conservar su espíritu”, remata Castro.

El mismo que dice que no vende madera. “Yo vendo naturaleza. Mis animales son una advertencia en sí misma. Transmiten este mensaje a través de su energía y su mirada. Ellos protegen de otro tipo de animales que pueblan las ciudades”. Por lo antedicho la máscara chané lleva el nombre genérico de aña-aña que en su dialecto significa espíritu.

Las leyendas Chané continúan. Una más rica y deliciosa que la otra. Legado que vale respetar y cuidar. Cultura material e inmaterial.

Lucha Chané

Como otros pueblos originarios, ellos siguen peleando por sus tierras, una pequeña porción del Chaco Salteño cerca de la ciudad de Tartagal. Una zona cercada por ríos y selva donde yacen sus ancestros y que guarda todo su acervo material e inmaterial. Trabajando en ingenios, fincas, aserraderos y algunos en YPF, algunos habitan en tierras fiscales aún no definitivamente asignadas a quienes fueran sus más remotos dueños, insistiendo en sus derechos que sin dudas pasa por la tierra pero por poder perpetuar este saber hacer tan original que además transporta el mejor mensaje.

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