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Aguja e hilo y un punto con forma de círculo delicado, minúsculo, imperceptible. Este es el comienzo de la randa. Desde esa absoluta fragilidad perdura y persiste con irrenunciable ahínco un saber, una técnica, un legado, que es propio de los tucumanos.

EL ORIGEN

La historia de la randa en Tucumán comienza con las damas castellanas, quienes desde España trajeron la técnica con las colonias. En el libro sobre el Centenario de la República, ya se convocaba a un concurso de randa. Y en 1917 se organizaba otro a nivel nacional. Aunque el nombre viene del alemán (rand) y significa borde u orilla (relacionado a su antigua ubicación como complemento o terminación en prendas y diseño textiles), casualmente, las tejedoras que lo practican viven en El Cercado.

Según las actuales randeras, que recibieron la capacitación a través de madres, vecinas o abuelas, hubo una época feliz para la randa, cuando todas vivían de sus ventas, allá por 1960 y 1970, en las ferias de artesanías. En ese tiempo había encargos monumentales, como grandes manteles, caminos y, por supuesto, los vestidos de todos los altares. Ahora, el acervo se resume en pañuelos, manteles, tapetes, por lo que las artesanas quieren ampliar las tipologías.

El trabajo tiene dos partes. La primera es hacer la malla y la segunda bordarla. Y en esto no escatiman esmero. Flores, dibujos geométricos nacen de una labor meticulosa y paciente.

Hoy son más de , las que se empeñan en perpetuar este saber.

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Para practicarla se impone el círculo de mujeres, agudizar la vista, entrenar la mirada, y tener la convicción de querer perpetuar ese acervo que se aprendió de otras manos, más sabias y gastadas. Así, de ese precioso baile de aguja e hijo, saldrán originalmente las más hermosas carpetas y nuestra escarapela y hoy otras piezas más contemporáneas.

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